“Alpha” y lo que quiso ser

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Un atraco poco exitoso divide los caminos de tres amigos de toda la vida. A dos de ellos no les va nada mal: Toni (Alex Barahona) se reforma convirtiéndose en policía y padre de familia, mientras que Tom (Juan Carlos Vellido) continúa por la senda delictiva llegando a jefe de una próspera banda criminal. En cambio al tercero, Eric (Miquel Fernández), le toca pasar ochos años en el purgatorio carcelario, donde lo ha perdido casi todo. Así arranca “Alpha”, la ópera prima en la ficción de Joan Cutrina, experimentado en el documental y la producción, pese a su juventud.

Si el cineasta catalán hubiera asistido a las clases del ficticio profesor Castro que imaginó Amenábar para su “Tesis”, sin duda habría tomado nota de su cita más famosa: “dar al público lo que quiere ver”. Efectivamente, Cutrina reivindica el cine como industria y el género negro como vehículo propicio para conectar con el espectador. La taquilla dirá si lo ha conseguido.

 “Alpha” quiere ser cine negro, pero se queda en cine de acción.

La película hace múltiples referencias al buen cine negro, contemporáneo y norteamericano, para construir una atmósfera lograda. Una Barcelona desarraigada y cosmopolita que alcanza el grado de “no-ciudad”, caracterizada como tablero de juego en el que operan corruptelas policiales, políticas y mafias internacionales.

Se nota la mano de productor ejecutivo en los detalles, contribuyendo a un realismo formal sólido que se sostiene en la estupenda fotografía de Pau Esteve Birba y en un uso adecuado de la banda sonora. Sin ahondar mucho más en cuestiones técnicas, en las cuales me declaro absolutamente profano, sí es llamativo el notable abuso del plano detalle o primerísimo plano, que distrae cuando no resulta directamente molesto.

“Alpha” no esconde su inspiración en el cine de Michael Mann, demuestra ritmo y soltura en las escenas de acción (muy potente la escena del atraco a los narcos), desprendiéndose del eterno complejo del cine español con el tiroteo-espectáculo. Un camino que ya tantearon directores como Calparsoro o Courtois, y sobre el que pisa fuerte el maestro Urbizu.

El problema surge cuando los “homenajes” al estilo del director estadounidense se hacen omnipresentes, opacando una personalidad propia tras la cámara. Los que hayan visto “Heat” – y los amantes del cine negro seguro que la han visto – encontrarán demasiado familiares escenas como la del policía que para al ladrón a un lado de la carretera y lo invita a un café, o la reunión de los atracadores previa al asalto suicida final. Estos y otros guiños sobredimensionados (la subtrama fraternal con póster de “American History X” incluido, la alusión flagrante a Michael Corleone en busca de redención) desacreditan la película. Porque ya sabemos que las comparaciones son odiosas, y hay maneras y maneras de honrar un clásico.

Pero lo que más perjudica a la cinta son sus débiles cimientos, el guión: demasiados personajes arquetípicos, sin matices (sí, ya no vale sólo con evitar buenos y malos de toda la vida), que aparecen desequilibrados en escena; diálogos convencionales hasta decir basta, con perlas como: “mírame a los ojos y dime que no me quieres, dime que no me quieres y me iré”; y también algunos giros – o atajos – en la trama pobremente justificados, que dan ganas de apretar el botón imaginario de pausa y gritar ¡¿qué?! (por ejemplo, el final y un confidente en la chistera). Por no hablar de la ausencia de personajes femeninos de peso: los que interpretan Xènia Tostado y Daniela Blume son meramente testimoniales, y la trama de amor imposible se le queda muy corta a Irene Montalà.

En definitiva, lo más potente de “Alpha” reside en su factura técnica, en su vehemente repertorio de acción, y en el trabajo veraz de Juan Carlos Vellido como capo local y de Adolfo Fernández en el papel de un poli corrupto de la peor calaña. El resto del elenco no brilla, bien por demérito propio o por las razones expresadas más arriba, con la salvedad – tal vez – de Sergi Arola. El mediático chef da rienda suelta (aquí contengo la enorme tentación de la metáfora culinaria) a su vena más rockera en un pequeño pero curioso papel de mecánico conocedor de los bajos fondos barceloneses.

Tal vez, paradójicamente, la experiencia cinematográfica y las reverencias del director lo han traicionado, impidiendo una apreciación más benévola, tal como suele ser natural ante una ópera prima. Pero las intenciones se merecían más.

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