Mandela, un complot por la dignidad

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Nelson Mandela por el New Yorker

Estos días el nombre de Nelson Mandela está en todas las bocas: titulares, editoriales, crónicas, entrevistas; por supuesto, obituarios. Su retrato ilustra las portadas, sus palabras más famosas son recordadas en las redes sociales. La gente decente honramos su memoria recordando que era un revolucionario, que su lucha fue por la justicia social y contra la opresión. Otros, los que lo llamaron terrorista, los que fabrican leyes anti-protesta y colocan cuchillas en la frontera para desollar personas, esos que se llenan la boca con la palabra “libertad”, esos se retratan.

El azar ha querido que su muerte coincida con el estreno en España de “Complot para la paz”, película documental realizada por Carlos Angulló y Mandy Jacobson, que relata una historia desconocida pero determinante para el fin del apartheid en Sudáfrica. Su protagonista, Jean-Yves Ollivier, es un empresario francés de origen argelino que actuó como mediador político en la sombra en la guerra poco fría que se libraba en el cono sur africano. Su objetivo: conseguir la liberación de Mandela y con ello propiciar la caída del régimen racista.

El film tiene todos los ingredientes de un muy buen documental: una historia novedosa, una temática interesante y emotiva, entrevistas a los personajes más relevantes de la época, extenso material de archivo, y un montaje atractivo que le da el tono de thriller político.

 Una de las cosas que llaman la atención en la historia es la particular motivación de su protagonista. Al principio, Ollivier relata su experiencia traumática de destierro junto a su familia cuando Argelia logra su independencia en 1962. Así es como observa el apartheid de los ochenta, a través de la mirada del colono desengañado:

“En 1981, visitar Sudáfrica era como visitar otro planeta. Me pregunté cómo era que los blancos no se daban cuenta de que, a menos que todo cambiase y aceptasen compartir su país con los negros, se dirigían hacia el desastre”.

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Jean-Yves Ollivier en Plot for peace

No se trata de una visión basada en un criterio de justicia, puede que sí haya algo de humanitarismo, pero ante todo es pragmática: para la sostenibilidad del país y la región. Un detalle importante que menciona de pasada Ollivier cuando habla de la situación de bloqueo internacional que vive el régimen, es que se fija en Sudáfrica en primera instancia por los negocios que se plantea hacer allí. Habrá quien piense que el objetivo de la convivencia “pacífica” es loable en sí mismo, sin importar quienes la promuevan ni lo que venga después. Y tienen parte de razón: el fin del apartheid, del racismo oficial, es un triunfo en sí mismo. ¿Pero fue la transición a la democracia tan ejemplar? ¿los que abanderaron la paz trajeron también la justicia? Lo cierto es que a día de hoy las desigualdades económicas y sociales continúan siendo enormes, pese a la reducción notable de la pobreza absoluta y la institucionalización de la igualdad política. Con el fin del apartheid Sudáfrica se abrió al libre mercado y pronto se establecieron nuevas élites económicas cuya dinámica natural es perpetuar la situación de miseria de las clases desfavorecidas. Otro día hablaremos más de la importancia clave de las “transiciones políticas” y su representación en el cine. Pero el “complot” de Jean-Yves Ollivier no llega tan lejos (al menos en la película), termina con el éxito, con la liberación de Mandela y la extinción del régimen.

Precisamente, la condición de héroe atribuida al benévolo empresario francés me parece exagerada. “LA historia jamás contada” reza un lema promocional, o “la voluntad de una sola persona puede cambiar el mundo”, que reconoce el codirector español como uno de los mensajes principales de la película. Esta apariencia grandilocuente, favorecida por el carisma de su personaje central, impregna todo el metraje y lo hace emocionante. Sin duda su mediación fue esencial, como atestiguan los entrevistados. Pero ni es “la” historia – como si fuera la única verdad-, ni en este caso el empeño de uno solo posibilitó el cambio. Agrandar la figura de Ollivier conlleva el riesgo de construir el relato paternalista (por no decir colonialista) del extranjero filántropo, blanco y rico que con savoir faire viene a poner paz en África meridional. La realidad es que fueron muchos los actores y circunstancias que intervinieron de manera decisiva en la transición a la democracia; destacando por supuesto el liderazgo de Mandela, que lo convirtió en símbolo de esta lucha.

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De Soweto a Berlín Oriental: cine e imaginarios.

En este blog me interesa especialmente hablar de cine, pero no sólo como arte o espectáculo (que también), sobre todo como discurso detrás de la historia, como mensaje de sus creadores a una audiencia en potencia. Porque en este mundo nuestro donde impera lo audiovisual, el cine tiene una capacidad singular para conformar imaginarios en las personas, que no es otra cosa que formas de concebir la realidad y en definitiva determinar deseos, afinidades, limitaciones, ideología, memoria histórica, tabúes…o sea, modos de conocer e interpretar el mundo. 

Siempre pienso en el mismo ejemplo, ¿cómo se imagina un joven español medio la Alemania del Este de finales de los ochenta? Imágenes, vienen imágenes a la mente: “La vida de los otros” y “Good Bye Lenin”, fundamentalmente. ¿Acierto? Son películas comerciales, archipremiadas, buenas incluso. Es más fácil que las hayas visto a que tu referencia sea “R.A.F. Facción del Ejército Rojo”. ¿Cuánto rigor histórico contienen estas obras? Es discutible. Lo importante es que la ficción está más obligada con la voluntad de su autor que con el devenir histórico. En el caso del género documental se presupone la veracidad de los hechos narrados, y eso le confiere una cualidad única de autenticidad. Pero sigue mandando la mirada del creador. Ninguna obra de arte es inocente.

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