¿Palomitas dulces o saladas?

Jungla de Cristal 5

John McClane salvando el mundo por quinta vez. ¡Yippee ki yay!

Una españolada es la “acción, espectáculo u obra literaria que exagera el carácter español”. La expresión proviene del clásico estereotipo que nos contempla desde Europa como una tierra exótica y animada. Con los años, la curiosidad de los escritores franceses románticos por la cultura y costumbres españolas se vio transformada en el tópico despectivo con que hoy en día despreciamos casi todo el cine español pre-democracia.

En un alarde de masoquismo generacional los nacidos en los 80 no nos contentamos con criticar todo lo anterior, como corresponde a todo espíritu adolescente, sino que ampliamos la rabieta a lo contemporáneo y decidimos que todo el cine patrio era una enorme españolada, salvo muy contadas excepciones. ¿Eran todas las españoladas malas películas? No, por ejemplo, gran parte del mejor cine social de la época fue tachado como tal. Sin embargo, la tendencia de muchos directores consagrados al esperpento y su insistencia en los temas autóctonos contribuyó al choque frontal con los nuevos públicos crecidos en la era de la globalización.

Ahí se encuentra, en mi opinión, la clave de la derrota del cine español frente a Hollywood en la batalla por la hegemonía cultural: en el extrañamiento o desajuste entre las expectativas de un público joven, educado en lo audiovisual por películas y series norteamericanas, y la idiosincrasia cinematográfica española. El Equipo A, Mcgyer y Urgencias le ganaron la partida a Verano Azul. Es más probable que recuerdes alguna frase o tiroteo de Jungla de cristal, antes que una escena hilarante de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Y eso que ambas tuvieron una recaudación parecida en 1988. ¿Pero cuántas veces han repetido desde entonces cada una en televisión? No se trata tanto de una cuestión de calidad – qué también -, como de industria y poder mediático.

Pero llegó el día en que algunos de mis coetáneos se dedicaron a hacer cine, y los más talentosos están haciendo películas grandes últimamente. Películas exitosas, no siempre buenas, que conectan con el público. Pareciera que hubieran sintonizado con la cinefórmula adecuada. Una receta que tiene ver con el mundo cosmopolita de hoy, en el que la interdependencia cultural es más que patente. Poco a poco nuestro cine ha aprendido a hablar el mismo idioma que la “meca del cine” – y no me refiero al inglés -, conservando un acento propio que en la mayoría de los casos enriquece el resultado. Los REC y Torrente, cada cual en su estilo, han sabido capitalizar esta apertura a los nuevos tiempos. El propio concepto de “saga cinematográfica”, en su acepción más palomitera, ha sido importado y asimilado con éxito.

El género negro es uno de los que se ha modernizado con más éxito en el cine español. Dos de las películas más esperadas de este año tienen en común un ambiente de violencia, corrupción y personajes al límite.

El niño es una película notable, sobre todo por su factura. Escenas de acción trepidante y… bueno, reconozco que estoy siendo benévolo, al menos desde mi limitada percepción artística. Personajes poco profundos, grandes actores desaprovechados (tan sólo correctos), una historia interesante pero poco lucida. Además, no entiendo el casting de “revelaciones”. Cuenta Jesús Castro, el novel actor protagonista, que lo eligieron casi por casualidad, que estaba allí para saltarse unas horas de instituto. He oído por ahí dos excusas malas: que buscaban caras nuevas y naturalidad ¿No hay actores y actrices jóvenes, talentosos y desconocidos en este país? ¿Cuál es el trabajo de estos profesionales si no aparentar naturalidad? Mi incredulidad ante este intrusismo laboral se acerca al de Gary Oldman en esta cancha de baloncesto. Vean.

La isla mínima, en cambio, es una producción más modesta pero cuidada hasta el detalle. Con la dificultad añadida de la ambientación en los primeros años ochenta. Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez están sobresalientes, apoyados por un plantel de secundarios notorios. El argumento, la atmósfera y todo les sonará mucho a quienes hayan flipado con True Detective. Puede parecer sospechoso, pero después de todo, historias de parejas policiales persiguiendo a monstruos en entornos rurales hay unas cuantas.

El mérito está en que La isla mínima sale bien parada en la comparación, con nota. Me impresionan sus silencios, su veracidad. Un par de objeciones que curiosamente también tienen que ver con la serie de la HBO: Me rechina la escena mística en que una vidente conduce tras la pista a los protagonistas, no me la creo (en True Detective hay toda una línea argumental en este sentido que está mejor llevada). Y con el final de ambas ficciones me pasa algo parecido: echo de menos un giro argumental valiente que busque responsables del horror un poco más arriba en la pirámide social. Así la realidad no siempre superaría a la ficción.

La isla mínima

Pasándolo mal en los arrozales.

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