Permiso para reirse

BirdmanUn botones nos conduce a una habitación en la segunda planta del hotel. Abre la puerta y se retira para cerrar la puerta detrás de nosotros. Ambiente en penumbras, la luz del baño encendida, la cama deshecha y dos personas apenas vestidas entre las sábanas. Un hombre y una mujer que se susurran el cariño al oído. De la tierna calidez a una gélida suspicacia sólo median dos palabras desacertadas, una repentina asincronía. Nosotros, espectadores, estamos pero no estamos, somos ignorados. En la frontera entre realidad y ficción, más cerca no se puede. Se trata del montaje “Inside”, de la compañía PopUp Theatrics. Una experiencia teatral novedosa que sucede ya no ante ti, sino a tu alrededor. Recuerdo que aquella vez me dije que esa era una de las ventajas del teatro sobre el cine, que difícilmente una película conseguiría introducirte de tal manera en la ficción. Pero eso ha estado a punto de ocurrir con la última película de Alejandro González Iñárritu, “Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)”.

People, they love blood. They love action.

Not this talky, depressing, philosophical bullshit.

(Riggan Thompson)

Riggan Thompson (aka Birdman, aka Michael Keaton, aka Batman) es un actor venido a menos años después de una época dorada marcada por su rol de superhéroe en una saga taquillera. Está hecho un desastre en lo profesional y en lo personal, y apenas contiene a los demonios que lo acechan. En un intento desesperado por recomponerse, se lo juega todo a la puesta en escena de un relato de Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, nada menos que bajo los focos de Broadway.

Birdman va de cine, de teatro, de los egos agrandados o contraídos en el segundo acto de la vida. Una sátira, sí, con todas la letras: sobre la fama y sus mutaciones derivadas de la tecnología, sobre el anhelo de éxito, el ansia por dejar huella. Y sobre todo, lo que la película te pide por favor es que no te tomes (ni a ti ni todo lo demás) tan en serio. “Why so serious?”, que diría el Joker.

Un texto potente en el que ya no se echa de menos a Guillermo Arriaga, ex pareja de baile creativo de Iñárritu. En esta ocasión hace piña con tres guionistas de lo más talentosos. Para muestra dos de mis escenas favoritas:

And let’s face it, Dad, it’s not for the sake of art.

(Sam Thompson)

En la primera, una espectacular Emma Stone interpretando a Sam – la hija de Riggan-, que encara a su padre para bajarlo de la nubes a un mundo vertiginoso que lo ha olvidado. Un mundo donde todo dios lucha por ser relevante.

Popularity is the slutty little cousin of prestige.

(Mike Shiner)

Más tarde, Riggan se topa con la figura del crítico, ese guardián arbitrario del buen gusto a las puertas del éxito, y le canta las cuarenta. Una escena magnífica, con la que todo realizador sueña darse el gusto. M. Night Shyamalan todavía fue más allá en “La joven del agua” y se permitió liquidar al crítico de cine en una hilarante escena. Por suerte no soy nadie, ni escribo en The Hollywood Reporter ni en Cinemanía, y además estoy poniendo la peli por la nubes, pero por si acaso acabo de mirar por encima del hombro.

La película transcurre en una sucesión de planos secuencia impresionantes que no sólo dan fe de la capacidad realizadora de Iñárritu, acentúan la teatralidad del relato haciendo añicos no sólo la cuarta sino todas las paredes. De pronto, te encuentras sentado a la mesa en una cocina años cincuenta, percibiendo el olor a ginebra en el aliento de Mike Shiner (un Edward Norton gigantesco), o mirando al vacío desde una azotea junto a Sam, o tal vez al borde del escenario preguntándote “¿y ahora qué?” ante una masa oscura e informe de espectadores. Tan sólo te devuelven a la butaca los brotes mágicos que burlan la seria realidad para transportarte al diálogo interior del héroe con el superhéroe.

Birdman4

Podría haber sido un vigoroso dramón trágico-existencial, como los que nos tiene acostumbrados el creador mexicano, pero es una comedia genial; cargada de humor negro, realismo sucio carveriano y realismo mágico holywoodiense. Debo reconocer que tras “Biutiful” ya estaba saturado del Iñárritu intenso; y se intuye que él también, visto este valiente estreno en el género más difícil según muchos. Ojo, no es desternillante. Mejor, porque hay mucha chicha detrás, y la carcajada casi siempre nos impide sentir el eco tragicómico del drama.

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