El jazz de hoy y de siempre

terrazas_Kursaal_nocheUn miércoles de julio, mediodía en Madrid. Un grupo de amigos ha quedado en Príncipe Pío para emprender uno de esos viajes que permanecen en el recuerdo. 450 kilómetros en furgoneta, dirección norte, hasta llegar a su destino: el Jazzaldia, el Festival de Jazz de San Sebastián. Como ellos, tantas otras personas, amigos y familias, amantes de esta música que nació a orillas del Mississippi, peregrinan desde lugares insospechados a su meca en España.

Para su 50ª edición, la organización del Jazzaldia preparó un cartel de lujo. Voces prodigiosas como las de Dee Dee Bridgewater, Gregory Porter o Silvia Pérez Cruz, junto al talento desatado en torbellino de Jamie Cullum y Zaz. Estuvieron presentes virtuosos de la talla de Benny Goldson o Joshua Redman junto a The Bad Plus; y también destacadas figuras emergentes como la jovencísima Andrea Motis.

Más de 80 conciertos en cinco jornadas que dieron mucho de sí, mezclando el jazz más ortodoxo con propuestas mestizas e innovadoras, y por supuesto conviviendo con géneros hermanos como el soul y el blues. Pero es que ahí no quedó la cosa. Aún hubo tiempo de disfrutar en la playa los conciertos de estilo indie rock con los que el festival buscó conectar con los jóvenes descarriados que todavía no se hubieran convertido a la religión jazzística.

Como es habitual, las actuaciones de alguna de las estrellas invitadas quedaba reservada para quienes pagaran su entrada (asequible teniendo en cuenta los precios locos que se ven por ahí), y para los suertudos vecinos de “la Trini” – el escenario en la mítica plaza de la parte vieja – cuyas ventanas dieran al recinto. Sin embargo, la mayor parte de los conciertos, de altísimo nivel, son gratuitos y los disfrutaron alrededor de 124.000 personas según estimaciones del festival. Así, cualquier hijo de vecino pudo escuchar a talentos de la altura de Carla Cook y Azar Lawrence Quartet, y bailar con leyendas como Jimmy Cliff o Lee Fields & The Expressions.

Azar Lawrence Quartet

Con tan apabullante oferta lo que estaba claro es que no se podía ver todo, había que elegir. Los amigos madrileños se dispersaron. Algunos de los diecisiete escenarios oficiales, repartidos por el centro de la ciudad, estuvieron en continuo funcionamiento cada tarde hasta la noche, ocurriendo de manera simultánea varios conciertos. No obstante, era difícil perderse a Jamie Cullum. Hasta en tres ocasiones actuó el artista británico, en diferentes formatos, dos de ellos prácticamente inéditos (solo y como DJ). Cullum quedó prendado de la ciudad en su paso por el festival hace dos años y los organizadores aprovecharon su complicidad montando su espectáculo por partida triple para soplar las velas de las bodas de oro que celebraba esta edición. Su actuación con banda en la Trini fue de las más celebradas.

Jamie Cullum

Lo de Silvia Pérez Cruz y Zaz también fue para enmarcar. De la melodiosa voz de la catalana en Gallo rojo, gallo negro, a la alegría desbordante y contestataria de la francesa, que evocó París en una canción tras otra, hasta que el Monte Urgull se confundió con Montmartre.

Y de la omnipresencia parisina a la cuna del Jazz, New Orleans, de la mano de Dee Dee Bridgewater & The New Orleans 7, capitaneados por un portentoso Irvin Mayfield a la trompeta. Recordando el décimo aniversario del huracán Katrina, los porteños del Mississippi rindieron tributo a su ciudad, imbuidos de un espíritu festivo y de reconstrucción, con temas como Treme Song o Big Chief. El público, enamorado de Bridgewater desde su exitoso estreno en el Jazzaldia el año pasado, aplaudió a rabiar momentos estelares como la interpretación de What a wonderful world y The house of the rising sun (versión de Nina Simone). Y es que a veces, como con esta última canción, se producen situaciones mágicas. Quiso el destino que hace diez años, precisamente aquí, Eric Burdon entonara este clásico blusero popularizado por The Animals. Así de caprichosa es la vida de una canción.

No todo es música en el festival donostiarra, o sí, pero también se pudo saborear de otras maneras. Con motivo del señalado aniversario, se inauguró una exposición titulada Round Midnight – guiño a Thelonious Monk – en el Museo San Telmo (abierta hasta el 16 de agosto), y se estrenó un documental sobre el recorrido de este festival, que empezó como un concurso de bandas de aficionados allá por 1966. Son 50 años muy bien llevados, para un evento de referencia internacional que mantiene su lozanía y que el año próximo promete volver a encandilar.

Dee Dee Bridgewater

Pasada la medianoche, los amigos se reencuentran en la playa para bailar juntos el último concierto. Intercambian impresiones: esa voz cautivadora, el solo de saxo que quita el aliento, las florituras del genio al piano. La mañana del domingo Donosti despide a los madrileños con “sol y buen tiempo”, que diría Kortatu. La Concha está repleta de bañistas y el Peine de los Vientos de Chillida cerrado por obras. Bromean con la posibilidad de que lo abran para Jamie Cullum, que según la prensa local ha estado los días pasados de aquí para allá, de aperitivos, surfeando y cantando rancheras una madrugada junto a Silvia Pérez Cruz en el sótano del Museo del Whisky. Se resiste a marchar, como ellos.

Esa tarde emprenden el viaje de retorno. En la furgoneta, divisando ya el perfil de Madrid, suena New New Orleans, de Chris Scott, que inspira un aire a lluvia, a melancolía, que el cielo despejado no confirma.

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