“Everest”, turismo de supervivencia

“Para cuando volví al campamento base, nueve alpinistas de cuatro expediciones distintas habían muerto ya, y aún habría otras tres víctimas antes de que terminara el mes”. Es parte del testimonio del periodista y montañero Jon Krakauer, contenido en su libro Mal de altura, que relata la tragedia ocurrida el 10 de mayo de 1996 en la cumbre más alta del planeta.

Aquel día una fuerte tormenta sorprendió a varios alpinistas cuando descendían de la cima del Everest, dejándolos atrapados a más de 8.000 metros. La crónica de Krakauer sirve de inspiración al guión de esta superproducción de 65 millones de dólares, llena de caras conocidas. Anteriormente, otro de sus exitosos libros, Hacia rutas salvajes, ya había sido llevado al cine por Sean Penn.

Uno de los aciertos de Everest es la cuidada ambientación y las impresionantes tomas aéreas. Apoyadas en el 3D imprimen una dosis de espectacularidad a la cinta que hace lucir la montaña entre majestuosa y amenazante. Sin duda este apartado agradará tanto al gran público como al ojo del escalador.

En cambio, el principal defecto de la cinta dirigida por Baltasar Kormákur se encuentra en una estructura del relato demasiado lineal y previsible, plagada de personajes estereotipados: el héroe, el débil, el chulo, el tipo duro… y mejor no entrar a valorar los papeles femeninos, plañideras en una historia eminentemente masculina.

Junto a la historia de supervivencia, se trata otro tema interesante en la película, aunque sea de soslayo. La masificación causada por la comercialización de expediciones a la cima del Everest, que ha proliferado desde los años 90. Más de 6.000 personas han subido la montaña hasta la fecha. Se sacan 500 kgs de basura cada año. El legendario alpinista vasco Juanito Oiarzabal, que ha hecho cumbre en dos ocasiones, comentó hace dos años a este respecto: “Ha perdido toda la identidad, el prestigio y la ética (…) las agencias no piden ningún requisito ni experiencia en alpinismo para subir. Se ha convertido en una montaña vulnerable, masificada”. Y al interés de la empresa privada se suma el del gobierno nepalí, que cobra 10.000 euros por cada permiso de ascensión. Las dificultades asociadas a esta superpoblación de turistas de altura se dejan notar en la película, siendo un factor más en la tragedia que está por desencadenarse. Aunque finalmente se adjudica la responsabilidad última del desastre al mal tiempo, como no.

Lamentablemente, Everest pierde el rumbo en mitad de la ventisca, sin alcanzar las cotas de tensión ni la épica que merecen un escenario natural y una historia como estos. Muchas estrellas holywoodienses ocultas tras un cielo lleno de nubarrones. Un jefe de expedición, Kormákur, congelado ante las circunstancias. Y lo más importante, alguien olvidó enviar sherpas por delante que salven la papeleta.

EverestPublicado en The Way Out Magazine (17/09/2015)

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