“La promesa”, tensión sexual no resuelta

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Alemania, 1912. Industrialización acelerada. Tambores de guerra. Un viaje al México revolucionario. Y como guinda, un triángulo amoroso atravesado por las convenciones de la clase social. ¿A que suena apetitoso? Pues nada más lejos de la realidad.

La promesa pasó sin pena ni gloria por la Mostra de Venecia en 2013, fuera de concurso, y llega con cierto retraso a las pantallas españolas. Patrice Leconte adapta la novela corta de Stefan Zweig Un viaje al pasado (1929), componiendo un retrato romántico de época bastante descafeinado, que probablemente hubiera dado mucha rabia al escritor vienés. Pasando por alto las alteraciones sobre el texto original, lo más desafortunado del film radica en su incapacidad para conmover con una historia supuestamente rebosante de pasión.

Friedrich, un joven ingeniero de origen humilde, se convierte en la mano derecha y protegido de su patrón, un maduro empresario de la metalurgia, afectado por una enfermedad que lo está consumiendo. La aparición en escena del objeto de deseo – perdón, de la dulce esposa del jefe- provocará un vuelco en las prioridades vitales del ambicioso Friedrich, y el comienzo de un potencial romance secreto.

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La historia de pasión inconfesable, el tira y afloja encapsulado en innumerables miedos e inconveniencias ajenas al amor, es un concepto que puso de moda el romanticismo y cuyos tentáculos llegan hasta nuestros días. Hoy en día, a este recurso literario se lo conoce como TSNR (Tensión Sexual No Resuelta) y es la piedra angular de cualquier película o serie de televisión que se digne a llevar el apellido “romántica”. Se supone que sólo con esto, si está bien hecho – vale, y con los cliffhangers –, se mantiene gran parte de la audiencia en la pequeña pantalla. Volviendo al cine, La promesa no aprendió la lección y le pasa lo peor: aburre.

No ayuda la presencia de Richard Madden en uno de los vértices protagonistas, ya demostró sus carencias como Rob Stark en Juego de Tronos. Su mirada intensa y gesto contenido dicen más bien poco. Tampoco Rebecca Hall consigue mucho más que constatar la figura retrógrada de la mujer a principios de siglo XX, en el papel de esposa del magnate del acero deseada por el joven y ambicioso secretario. Ni siquiera Alan Rickman, el mejor de los tres – bendita veteranía, oficio -, es suficiente para sacarnos del letargo.

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En suma, la sensación es la de un material interesante gravemente desaprovechado. Lamentablemente, para quienes siguen la trayectoria de Leconte no se puede decir que sea una sorpresa. Tras varias comedias no muy memorables y algún que otro drama de corte similar a La promesa, se echa de menos al director de El hombre del tren, La chica del puente o El marido de la peluquera. Por suerte, dada su prolífica carrera, lo más probable es que tengamos una nueva oportunidad para la decepción o la alegría más pronto que tarde.

Publicado en The Way Out Magazine el 6/11/2015

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