“Carol”, en una habitación propia

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Cate Blanchett como “Carol”

En 1950 una joven Patricia Highsmith publicaba su primera novela, Extraños en un tren, que la catapultaría a la fama un año después con su adaptación a la gran pantalla, de la mano de Hitchcock y Chandler. Entretanto, la futura creadora de Ripley se ganaba la vida con otros trabajos, entre ellos uno como dependienta en la sección de juguetes de unos grandes almacenes. Allí se cruzó fugazmente con la musa desconocida de su siguiente novela, una mujer de aspecto refinado que encargó una muñeca para que se la enviaran a su domicilio. Tal fue el impacto, que tras acabar su jornada Highsmith escribió del tirón un primer borrador de El precio de la sal, que precisamente empieza con esta escena. Lo que sigue es una historia de amor homosexual a la sombra de la moral represiva de la sociedad de la época. Buena muestra del ambiente del momento es que la autora tuvo que publicar la obra bajo seudónimo para que no perjudicara a su carrera. (Aquí más sobre la interesante genealogía de la novela).

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Patricia Highsmith

Carol es el título con el que la novela se reeditó en 1989 – ya sin ocultar la identidad de su autora, – y también lo es de la adaptación cinematográfica que firma Phyllis Nagy y dirige Todd Haynes en 2015. La película cosechó muy buenas críticas en el Festival de Cannes, y Rooney Mara se llevó el premio a mejor actriz. Cate Blanchett, en el papel de Carol, está al mismo nivel interpretativo.

Una historia sólida, acreditada por el talento de su reputada creadora; un trabajo solvente por parte del elenco, encabezado por dos actrices de primera; una ambientación de época muy cuidada, ningún reproche. Y sin embargo, algo falla en Carol, no transmite la emoción que se le presupone, le falta pulso. Es una película preciosista, aplicada en los detalles. Como alguien dijo, “aunque el esquema argumental es muy similar, Carol es exactamente lo contrario que La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)”. Aunque la conclusión aquí es diferente: todo lo que en la película francesa rezumaba verdad y pasión, aquí no termina de explotar, debido quizá a una contención excesiva.

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La vida de Adèle

Aún así, nadie le pide a Carol que emule a Adèle. Tampoco el tono juvenil y bohemio del romance contemporáneo le hubiera venido bien a la más clásica película de Haynes. Está nominada a seis Oscars, Blanchet y Mara incluidas, puede que se lleven alguno. Es una película decente, de las que vale la pena ver, pero tampoco es el summum. Además es una historia pedagógica sobre el amor libre y liberador, de las que bien harían en ver los adolescentes del siglo XXI. Muchos de ellos, como se ha visto en encuestas, muestran conductas incluso más retrógradas que la generación de sus padres en cuanto a relaciones sentimentales.

En cierto momento Therese, interpretada por Mara, le dice al chico con el que sale: “No sé qué es lo que quiero. ¿Cómo voy a saber qué es lo que quiero si digo que sí a todo?” El “no” emancipador, como la habitación propia de Virginia Woolf. La negativa a concordar con la norma social dictada por la moralina puritana, y disfrazada de ley natural. Contracorriente. Eso es valentía. Ya sólo por las palabras de Highsmith merece la pena ver Carol.

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Publicado en The Way Out Magazine el 3/2/2016.

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