“Cien años de perdón”, Golpe maestro

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España, hoy. Un político apartado por su partido (perdón, en coma tras un accidente), pongamos un tesorero, con información comprometedora sobre la organización a la que pertenece… ¿les suena de algo? A partir de aquí la ficción: un atraco a un banco que se complica, un botín que no es el esperado. Cine de acción puesto al servicio del entretenimiento y de la actualidad política.

Daniel Calparsoro, probablemente uno de los mejores directores españoles en el género, presenta Cien años de perdón, un vibrante relato que conjuga el thriller de atracos con la corrupción política. Sucede en Valencia, que no es casualidad tampoco, y los guiños a la realidad son elegantes, oportunos. Nada suena falso o exagerado, pese a que la historia se podría prestar a ello. Jorge Guerricaechevarría, habitual de De la Iglesia, aporta un guión sólido, sin florituras ni genialidades. Una trama sin agujeros, salvo por cierto pasaje opinable en el desenlace. Otra cosa que se agradece es el uso sutil del humor en ciertos momentos. Algo fundamental más allá de las comedias.

Calparsoro ha demostrado sobradamente su virtuosismo tras la cámara, pero sus películas brillan más cuando cuenta con buena materia prima y un aliado en la escritura, como ocurrió en Invasor (2012) y como se puede apreciar en esta nueva cinta.

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En general, el elenco artístico aporta sin sobresalir. No es que Luis Tosar, José Coronado o Rodrigo De la Serna estén desaprovechados, pero tampoco se lucen. Son creíbles, serios, dan empaque a la película. Quizá Raúl Arévalo destaca por su papel sombrío, infrecuente en él, con el que cumple perfectamente. Se vuelve a echar de menos un personaje femenino potente. Patricia Vico está correcta, al nivel de los demás, interpretando a la precaria directora del banco. No obstante, su personaje amoral, situado en la semiperiferia del poder, está poco aprovechado en la trama. Un minuto de secuencia en la que el “empleado del mes” es cazado pulsando la alarma, dice mucho más sobre el colaboracionismo de los parias de la clase media con los dueños del capital.

Está claro que la cuestión social es más o menos tangencial en Cien años de perdón, aunque la corrupción política figure en el centro de la trama. Prima el entretenimiento – y es muy bueno – sobre las revelaciones. Hoy en día existe en España una proporción directa entre las facilidades de producción y distribución, y el nivel de implicación política en temas espinosos de un proyecto. Sólo hay que mirar cómo se han costeado cintas como B o Techo y comida.

Calpasoro consigue sin demasiados fuegos artificiales una película bastante redonda, sin excesivas pretensiones, pero incisiva y entretenida. Si le gustó Plan oculto (Spike Lee, 2006), esta no le decepcionará. Y si no vio la cinta del director neoyorkino, empiece por Cien años de perdón.

El cine que explica el mundo

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Parece que la crítica social, una de las funciones primordiales del arte, por fin ha rebasado las galas de los Goya y se está instalando en el contenido del cine español. Dicen que la ficción se nutre de la realidad. Sin embargo, han tenido que pasar ocho años desde el comienzo de la crisis más dura que ha vivido este país en democracia para que los cineastas patrios se nutrieran del caldo y migajas con el que muchos de sus conciudadanos están sobreviviendo.

También es patente la grave indigestión de este país con sus traumas, incapaz de exorcizarlos a través del audiovisual, como hacen otras naciones. Todavía se espera una película decente sobre la Guerra Civil, al nivel de Tierra y Libertad (Ken Loach, 1995), o que alguien se atreva a abordar desde la ficción el 11M, más allá de No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011).

En una conferencia “a oscuras” en el Círculo de Bellas Artes, el escritor Isaac Rosa llamaba la atención sobre el papel de la literatura en el entorno social, sobre su poder explicativo e interventor en la realidad, y como en los últimos años esta función estaba siendo relegada en favor de la evasión. Con el cine pasa lo mismo, y todavía con más fuerza, puesto que su capacidad para conformar imaginarios colectivos es masiva e inmediata.

De ahí que películas como B (David Ilundain, 2015), llevando a la gran pantalla uno de los escándalos de corrupción más sonados que se recuerden, o El desconocido (Dani de la Torre, 2015) desde un género más comercial como es el thriller, recuperen para el cine la indispensable facultad de la crítica social. Y la madre de todas ellas en esta cosecha de 2015 es sin duda Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015), una reivindicación sin medias tintas de los derechos humanos más básicos. Además, el filme protagonizado magistralmente por Natalia de Molina contiene una de las metáforas más dolorosas y reales que ha vivido este país: la Eurocopa que ganó la selección española de fútbol en 2012. Miles y miles celebrando la victoria en uno de los peores años de la crisis: 532 desahucios al día. Sólo comparable a la banda de música durante el hundimiento del Titanic.

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Publicado en The Way Out Magazine el 03/03/2016.

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